2021

El sentimiento estético

El sentimiento estético existe entre los seres humanos más primitivos así como en los más civilizados. Sobrevive aún a la desaparición de la inteligencia, porque los idiotas y los locos son capaces de hacer arte. La creación de formas o de series de sonidos que despiertan en aquellos que los miran o escuchan, una emoción estética, es una necesidad elemental de nuestra naturaleza. El hombre ha contemplado siempre con alegría, los animales, las flores, los árboles, el cielo, el mar y las montañas. Antes de que se iniciara la aurora de la civilización, empleó ya sus groseros utensilios en reproducir en madera, en marfil y en piedra, el perfil de los seres vivientes. Hoy día mismo, cuando no destruye su sentido estético la educación, el modo de vivir y el trabajo de la fábrica, experimenta un placer fabricando objetos según su propia inspiración. Y experimenta, además, una alegría estética absorbiéndose en esta obra. Hay todavía en Europa, y sobre todo en Francia, cocineros, salchicheros, talladores en piedra, carpinteros, herreros, cuchilleros, mecánicos, que son verdaderos artistas. El pastelero que fabrica, una hermosa torta y esculpe en mantequilla, casas, hombres y animales; el herrero que crea una chapa muy bella; el que construye un hermoso mueble, el que bosqueja una grosera estatua o dibuja una tela de lana o de seda, experimenta un placer análogo al del escultor, pintor, músico o arquitecto que laboran en sus obras respectivas. 

Si la actividad estética permanece virtual en la mayor parte de los individuos, es porque la civilización industrial nos ha rodeado de espectáculos feos, groseros y vulgares. Además, nos ha transformado en máquinas. El obrero pasa, su vida repitiendo millones de veces cada día el mismo gesto. No fabrica sino una sola pieza de un objeto determinado; jamás el objeto entero. No puede servirse de su inteligencia. Es el caballo ciego que da vueltas todo el día en torno de la noria para sacar agua del pozo. El industrialismo impide el uso de las actividades de ]a conciencia que son capaces de dar cada día al hombre un poco de alegría. El sacrificio del espíritu en favor de la materia, por la civilización moderna, ha sido un error. Un error tanto más peligroso, cuanto que no provoca ningún sentimiento de rebeldía y es aceptado tan fácilmente por todos, como la vida malsana de las grandes ciudades y la prisión de la fábrica. Sin embargo, los hombres que experimentan un placer estético, aún rudimentario, en su trabajo son más felices que aquellos que producen únicamente para consumir. Es cierto que la industria en su forma actual, ha quitado al obrero toda originalidad y toda alegría. La estupidez y la tristeza de la civilización presente se debe, al menos en parte, a la supresión de las formas elementales de la alegría estética en la vida cotidiana. 

La actividad estética se manifiesta a la vez en la creación y en la contemplación de la belleza. Es absolutamente desinteresada. Se diría que en el goce artístico, la conciencia sale de sí misma y se absorbe en otro ser. La belleza es una corriente irrefrenable de alegría para el que sabe descubrirla porque se encuentra en todas partes. Sale de las manos que modela o que fabrican la loza grosera, de los que cortan la leña y construyen en seguida un mueble, de los que tiñen la seda y tallan el mármol, de los que cortan y reparan los tejidos humanos. Vive en el arte sangriento de los grandes cirujanos, como en el de los pintores, músicos y poetas. Existe en los cálculos de Galileo, en las visiones del Dante, en las experiencias de Pasteur, en la salida y en la puesta del sol, en las tormentas del invierno, en las altas montañas. Y más punzante se torna aún en la inmensidad del mundo sideral y en el de los átomos, en la inexpresable armonía del cerebro humano, en el alma del hombre que se sacrifica oscuramente por la salud de los otros. Y en cada una de sus formas, permanece el huésped desconocido de la sustancia cerebral, creadora, del rostro del Universo. 

El sentido de la belleza no se desarrolla de manera espontánea. No existe en nuestra conciencia sino en estado potencial. En ciertas épocas, en ciertas circunstancias permanece virtual. Puede aun desaparecer en los pueblos que antaño le poseían en alto grado. Así es como la Francia destruye las bellezas naturales y desprecia los recuerdos de su pasado. Los descendientes de los hombres que han concebido el monasterio del Monte San Miguel, no comprenden su esplendor. Aceptan con alegría la indescriptible belleza de las casas modernas de la Bretaña y la Normandía y sobre todo de los alrededores de París. Lo mismo que el Monte San Miguel, el propio París y la mayor parte de las ciudades y aldeas de Francia, han sido deshonradas por un odioso comercialismo. Con el sentido moral, el sentido de la belleza, durante el curso de la civilización, se desarrolla, alcanza su apogeo y se desvanece. 

 

Referencia: Carrel, Alexis (1949) La Incógnita del Hombre. Buenos Aires: Joaquin Gil

Alexis Carrel

Alexis Carrel (1873-1944), biólogo francés. Premio Nobel de Fisiología, 1912.

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