2021

Sobre la Tradición de los Pueblos

Actualmente se nos habla de la necesidad de un nuevo comienzo, de un radical reordenamiento de la sociedad tal cual la conocemos bajo el velo de una pandemia que amenazaría con diezmar a la humanidad de forma terrible e irremontable. O por lo menos esto es lo que uno supondría al considerar las draconianas medidas tomadas y algunas de las radicales propuestas para reestructurar la sociedad venidera hechas por algunos de los grupos y personajes más representativos de la globalización.

Sin embargo, esta no es la primera vez que la humanidad experimenta duros desafíos que amenazan su existencia desde sus primeros inicios. Y pese a esto, pareciera que ahora y por primera vez, se plantea seriamente la imperiosa necesidad de una reestructuración radical y permanente de la sociedad que tienda a una reducción radical y permanente del vínculo social presencial en pos de la instauración de un modelo de socialización predominantemente virtual. Semejantes propuestas exigen naturalmente elaboradas respuestas repletas de abstracciones y contradicciones que tornan el discurso no apto para profesionales pre-doctorales, o por otra parte, silencio. Si bien estos cambios propuestos desde las grandes estructuras y personajes que representan el poder globalizante suenan irreales o excesivamente excéntricos a oídos de muchos miembros de las generaciones actuales, allí mismo reside nuestro talón de Aquiles. Las actuales generaciones del mundo globalizado viven el hoy y planifican a corto plazo. Pero lo que hoy es norma, mañana lo será en menor medida, y en un abrir y cerrar de ojos el cambio de unas cuantas generaciones barre con el mundo de ayer abriendo las puertas a un mañana radicalmente distinto.

Esto es así pues olvidamos que los ancianos mueren, y mueren con ellos sus ideas, experiencias, y sus -muchas veces- fundadas preocupaciones y precauciones. Esto suele ser así, a no ser que nos esforcemos por mantenerlas vivas de algún modo a través de la tradición -entendida la misma como aquel pasado social que retorna una y otra vez aportándonos sus experiencias, enseñanzas y errores-. La posibilidad de modificar radicalmente la psicología de una sociedad aprovechando el paso de las diferentes generaciones -una vez desarraigadas de sus tradiciones- es algo que tienen muy en claro las estructuras de poder que representan la ideología de la globalización. Pues esto mismo permite la progresiva implantación de nuevas "normalidades" en aquellos pueblos o grupos que no se esfuerzan por conservar y mantener viva su tradición.

No es que la tradición sea válida per se, ni que debiera tornarse en una rígida y dogmática imitación del pasado. Hacer esto sería equivalente a ubicar la tradición misma como fín último de nuestra existencia, y esto solo puede derivar en rígidos y poco adaptativos esquemas mentales que solo aparejan un innecesario sufrimiento y estancamiento de aquel pueblo que así la aplique. Del mismo modo, tampoco podemos decir que exista algún intento de “tradición universal” que escape a esta crítica, ya que la tradición es en sí misma el fruto del discurrir histórico único de cada pueblo. Sin embargo, si se contempla la propia tradición como un medio hacia la búsqueda y desarrollo individual -tal vez incluso espiritual si se quiere-, entonces esta sí podrá aportarnos y mucho. Esto es así pues la tradición y riqueza únicas de cada pueblo pueden funcionar en el mejor de los casos como muralla psicológica de contención ante los embates de la globalización homogeneizante, dificultando así la alienación que esta misma intenta generar. De este modo, su arremetida es vivida por el sujeto como un ataque a su identidad y tradición -con la que este se identifica-. Sin embargo, esta supuesta identidad basada en la tradición no deja de ser en algún punto otro tipo de alienación, aunque, si en algún aspecto la consideramos preferible a aquella propuesta por el globalismo, será porque esta nos permitirá estar potencialmente más cerca de las instancias más internas y esenciales de uno mismo.

Por supuesto que la propia tradición no garantiza que el sujeto sea capaz de trascender su consecuente alienación, pero la confrontación de esta dualidad de opuestos representados por su propia tradición (entendida como una primera instancia de alienación) y por la tendencia homogeneizante de la globalización (entendida como una segunda instancia de alienación que busca anular la psicología previa “tradicional” de su pueblo) podría llevar a muchos, al menos potencialmente, a plantearse una búsqueda de instancias psicológicas más profundas y representativas de su verdadera individualidad. En otras palabras, es esperable que esta lucha de opuestos (Tradición y Globalización) sea representativa para muchos. Es esperable que muchos entiendan esta misma como una lucha entre ellos y las fuerzas de la homogeneización globalistas. Sin embargo, más allá de los muchos, tal vez sean los menos quienes estén dispuestos a ir más allá de esta aparente oposición generadora de individuos más o menos seriados, saltando en los abismos que representa la búsqueda de nuestra propia individualidad -entendiendo esta no como sinónimo de “Individualismo”, pues el abocarse al descubrimiento y trabajo de esta misma no implica necesariamente un proceso psicológico separatista, antisocial o hedonista-. No se niega la importancia de la tradición. Se la exalta de hecho. Pero no debe perderse de vista que la misma debe ser tradición viva, no muerta. Y que solo se justificará esta en tanto sirva como medio hacia nuestros abismos más internos para luego encaminarnos a nuestras más altas cimas.

La riqueza de todo pueblo, sus particularidades físicas o psicológicas, sus mejores logros, desarrollos y proezas solo se justificarán plenamente si los mismos son capaces de evocar la necesidad de autosuperación humana propia de cada pueblo. Esta misma se distinguirá pues va acompañada de aquella sana y eterna insatisfacción consigo mismo que devela al héroe, al genio y al santo. Podrá decirse que esto es válido solo para unos pocos no necesariamente representativos de la sociedad en su totalidad. Y es verdad. Pero, tal como indica el célebre José Ingenieros: “En esos pocos está la nacionalidad y vibra en ellos; mantiénense ajenos a su afán los millones de habitantes que comen y lucran en el país”1. Estos pocos serán el faro que alumbra y une a millones durante generaciones, y a su vez su luz será fomento para nuevas estrellas guía por venir. “Ascienda cada raza a su más alto nivel, como patria, y por el esfuerzo de todos remontará el nivel de la especie, como humanidad”.2

Citas:
1 - Ingenieros, J., (1913) El Hombre Mediocre. Buenos Aires: Ediciones Libertador (p. 139).
2 - Ingenieros, J., (1913) El Hombre Mediocre. Buenos Aires: Ediciones Libertador (p. 139).

Gonzalo Calabrese

Gonzalo Calabrese, licenciado en psicología.

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