2021

Sobre lo sagrado y la ciencia

Antes de explorar esa nueva forma de posible convivencia, el cauce de ese nuevo diálogo, quizá convendría ponerse de acuerdo sobre los conceptos que estamos utilizando. Porque los conceptos, en este tipo de discusiones, suelen actuar como arenas movedizas. Fijemos, pues, como «ciencia» lo que conocemos como ciencia experimental, es decir, aquel trabajo del intelecto dedicado a explicar las causas y los principios de los fenómenos mediante reglas lógicas y métodos empíricos, y con pretensión de validez universal. Aquí no pretendemos designar como «ciencia» a unas disciplinas determinadas discriminando a otras, sino, simplemente, establecer que, cuando hablamos de «ciencia», nos estamos refiriendo expresamente a una forma determinada de mirar la realidad. Esa forma es la que convencionalmente, en el ámbito del Occidente moderno, se conoce justamente como «científica»: hechos observados, fenómenos comprobados, métodos aceptados, reglas lógicas, hipótesis verificables…

Sobre esta definición de la ciencia todos podemos estar de acuerdo. Pero quizá sea más difícil lograr el acuerdo acerca del concepto de «sagrado». ¿Qué es lo sagrado? Su definición canónica suele ser ambigua. Sobre todo porque lo sagrado acostumbra a llevar implícita una idea de Dios y ésta, a su vez, suele portar consigo un despliegue teórico-práctico que denominamos «religión». En nuestro contexto, y a efectos de inteligibilidad, contentémonos con utilizar una definición ligera, suelta, sin costuras: lo sagrado será aquello que por alguna relación con lo divino es venerable.No entraremos en la naturaleza de esa relación, ni tampoco en qué entendemos exactamente por «lo divino», sino que pondremos el acento en el carácter venerable de lo sagrado: lo que nos importa subrayar es el respeto y la reverencia que lo sagrado suscita —ese tipo de reverencia y de respeto que conduce, por ejemplo, a que se inhiba la voluntad de poder. Lo sagrado, por definición, reposa sobre sí mismo y en sí mismo encuentra su justificación y su verdad. Aparece ante los hombres como un todo autosuficiente que engloba al propio hombre y que seguiría existiendo si el hombre desapareciera. Es necesario, no contingente, y atemporal, aunque viva en el tiempo. Y por último, nos conduce a encontrar un sentido no sólo a nuestra propia vida individual y colectiva, sino también a la vida de todo el cosmos en su conjunto. A esta idea de lo sagrado podemos llamarla «Dios». Podemos llamarla también, simplemente, lo sagrado.

No faltará quien considere esta idea de lo sagrado como insuficiente desde el punto de vista religioso. Lo es, sin duda. Pero hay que apresurarse a decir que es completamente suficiente desde el punto de vista científico. Porque, en efecto, la gran partida, en este terreno, no consiste en decidir si Dios existe o no, ni mucho menos en elucidar cuáles puedan ser sus atributos. Éstas serían propiamente cuestiones teológicas; esto es, cuestiones sobre las que el discurso científico no tiene estrictamente nada que decir. No, no: en el terreno de la ciencia, la partida no consiste en alumbrar una idea de Dios, ni siquiera una idea del Ser, sino que lo que está en juego es saber si el hombre está solo en el cosmos consigo mismo, producto inteligente de un azar ciego, entregado a sus propias fuerzas contra un entorno siempre hostil; o si más bien el hombre forma parte de una globalidad con sentido, si el aparente azar de la vida está en realidad gobernado por una ley más profunda de la necesidad; si esto que nos parece soledad entre fieras no será más bien nuestro papel específico en una representación donde todos los demás intérpretes también actúan según un plan coherente en todos sus detalles. Ese plan revelaría que todo cuanto existe posee un sentido y, por tanto, que podemos imaginar tras él a una inteligencia rectora. Que tal inteligencia posea una personalidad propia ajena a las cosas o, por el contrario, que sea inherente a las cosas, que viva en ellas y con ellas, todo eso son, insistimos, cuestiones metafísicas y, por tanto, ajenas a la ciencia. Lo decisivo aquí es más bien si esa inteligencia rectora existe o no, y si es posible llegar a ella desde el discurso científico. A esa inteligencia bien podríamos llamarla «lo sagrado».

Extracto del artículo “La ciencia y lo sagrado”.
Publicado en la revista El Manifiesto, Año 1, N°1, 2004

José Javier Esparza

José Javier Esparza (1963-), periodista y autor español.

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