2021

Principio de Autoridad. Luces y Sombras

Es curioso como, en gran cantidad de casos, hasta los más formados suelen en última instancia recurrir a la cita de autoridad como justificativo último de sus opiniones y accionar. Desde ya que esto no es de por sí solo censurable, sino que resulta una herramienta muy útil en gran cantidad de casos. Por ejemplo, dicho recurso tiene la virtud no menor de permitirnos un cierto “distendimiento mental”. Esto es así pues nos ahorra la necesidad de comprobar por nuestra cuenta absolutamente cuanto dato o información pudiéramos llegar a necesitar para la correcta consecución de nuestros fines. De modo similar funcionaría la tradición, y en ambos casos nos decidimos a tratar como veraz cierta información basándonos en la jerarquía, antigüedad o importancia de la fuente de la que proviene.
Sin embargo, el problema surge cuando se olvida la posibilidad de error de dicho recurso. Desde ya que la mera existencia de cierto margen de error no invalidaría de por sí todo el enorme edificio construido a través de la cita de autoridad y/o tradición bajo el nombre de “civilización humana”. Muchos avances técnicos han sido exitosamente desarrollados habiéndose basado en datos anteriormente recabados por otros. Dichos datos son tomados por nuevos desarrollistas e investigadores, quienes no necesariamente se han tomado el trabajo de comprobar la veracidad de todos los fundamentos de su ciencia o técnica. Por el contrario, en general dan por sentado gran parte de los mismos tomándolos como base para sus posteriores elucubraciones. Se comprende también lo impráctico de cuestionar absolutamente cuanto detalle uno se encuentra, así como la dificultad derivada de la imposibilidad de ser un “entendido” en cuanta disciplina dichos datos nos requirieran adentrarnos.

Puntos Cardinales
Sin embargo, es lícito recordar, y sobre todo hoy en día, los siguientes puntos:
● La tradición no es una estructura fija ni rígida a través del tiempo, sino que la misma posee cierta dinámica por la cual se espera que esta pueda re-adaptarse constantemente y del “mejor modo posible” al entorno circundante. Es así que dicha tradición es mutable por naturaleza, ya sea que progrese, se estanque, o degenere a través del tiempo (siempre en relación a las exigencias planteadas por el entorno en el que su desarrollo transcurre). Lo mismo podría ocurrir para el caso del recurso de la cita de autoridad. Es así ya que la validez de ciertas “autoridades”, de las que emanaría la veracidad de determinados hechos, se limitaría a cierto contexto bajo determinadas condiciones puntuales. Fuera de estas podría terminar por caducar o atenuarse por múltiples motivos.
● La comprobación empírica que pone a prueba cuanta hipótesis surja. Esta ha sido, y no por nada, la madre de muchos de los innegables avances de la ciencia. Esta puesta a prueba de nuestras creencias resulta útil en tanto permite la anteriormente citada re-adaptación del acervo tradicional heredado al nuevo contexto. En otras palabras, probamos si los viejos saberes son aún aplicables y útiles a nuestro actual contexto. Desde ya que este análisis puede realizarse a diversos niveles. Por ejemplo, una determinada costumbre heredada podría no ser puntualmente útil a nivel de la alimentación, como es el caso del mate argentino. Sin embargo, esta podría ser aún efectiva en tanto se la vea como un factor de identificación y unión nacional, etc.
● La necesidad de comprender de forma práctica el contexto real (lo cual incluye a dichas “autoridades”) que nos rodea intentando que nuestro saber y accionar sean consistentes entre sí.
● Promover la memoria y la aceptación de cierto margen de incertidumbre.

Élites
¿Quién a estas alturas no habrá sentido alguna vez tremenda indignación contra la preponderante degeneración y corrupción de nuestras clases dirigentes (sea del país que sea, o incluso a nivel de estructuras transnacionales)? ¿O contra la gran cantidad de elementos pervertidos dentro de las élites cuya tremenda influencia sobre el grueso de nuestra especie no podemos decir que sea siempre usada del modo más ético? La noción de élite alude sencillamente a un grupo humano que, ubicado en determinado campo o práctica, sobresale por encima del resto ya sea en cuanto a rendimiento u otras variables relevantes en dichas áreas. Sin embargo, lamentablemente vemos hoy en día que dicho término se encuentra íntimamente asociado a las consecuencias negativas que ciertas élites corrompidas han generado. Es así que hoy asociamos este concepto con resultados negativos. Por ejemplo, a una competencia despiadada e inhumana que en nada promueve la mejora de la especie. O a extremas desigualdades que niegan las bases de una vida medianamente digna y humana, obstaculizando así el completo desarrollo de las propias capacidades de cada individuo. Así también suelen reflejar un accionar hipócrita y carente de un mínimo de ética y moral. Todos estaremos probablemente de acuerdo en que esto es reprochable e indeseable. Por lo cual, mi ataque a la noción de élite no se refiere a la noción básica de la misma. De hecho, considero la misma como un elemento natural e indispensable en toda sociedad de la cual solo el resentimiento podría llevarnos a verla como negativa.
Mi cuestionamiento va dirigido al grupo que actualmente ostenta dicho rol de modo legal, sí, aunque ilegítimamente.

Puntos en común
Cuando hablamos con cualquier persona, formada, muy formada, o no tanto, todos suelen coincidir en un punto. Todos aducen ser conscientes de que una gran parte de las actuales élites (sean políticos, grandes dirigentes de farmacéuticas, medios locales o internacionales, etc) “no son ningunos santos” y que en el fondo se manejan anteponiendo un frío utilitarismo económico por sobre el resto de las cosas. Aducimos ser conscientes de que para ellos la vida misma, la naturaleza y la condición humana pasan a ser “costos a reducir”, “recursos a dilapidar” o “daños colaterales” con mayor frecuencia de lo deseable. Basta con abrir los periódicos oficiales para encontrar múltiples casos de corrupción, por ejemplo, ya sea presentes o pasados que luego son “convenientemente olvidados”.
Podrán algunos ver estos hechos desde la perspectiva de ciertas filosofías, ideologías políticas, otros desde enfoques religiosos, otros tendrán ciertas diferencias en cuanto a informaciones discordantes o hipótesis alternativas, etc. Sin embargo, más allá de estas posibles diferencias, probablemente muchos coincidiremos en que hay algo podrido allí. Más allá del color del telón de fondo que cada uno prefiera para estos hechos, todos sabemos que al menos actualmente algo anda mal en esos estratos…

Inconsistencia
Por lo tanto, estas ideas compartidas nos llevan a la conclusión general de que vivimos en tiempos en los que una confianza ciegamente cedida a estas “autoridades” tan corrompidas a nivel ético y moral sería una conducta francamente inadaptativa. En otra palabras, no sería conveniente para perpetuarnos como individuos, sociedad o incluso como especie, y el hecho de proseguir con la misma solo hablaría de un cabal desconocimiento o falta de comprensión práctica o profunda del entorno que nos rodea. Dicho de otro modo, “hablamos de boca para afuera” y decimos que sabemos algo, cuando en verdad nuestro proceder práctico no lo refleja.
Desde ya que es difícil ir en contra de todo cuanto ciertas autoridades corrompidas digan (sobre todo en el caso de políticos al mando) sin terminar en una posición francamente hostil a ellos y a sus estructuras. Incluso podría ocurrir que terminemos opuestos al grueso de una sociedad manipulada por las mismas, sufriendo así el típico rechazo y discriminación a los portadores de opiniones no masificadas (ex-céntricos). Sin embargo, sin necesidad de especular a tal punto, es suficiente con entender que, así como uno no saltaría al vacío desde un precipicio tan solo porque nuestra madre nos lo diga, menos lo haría a pedido de alguien cuyos antecedentes éticos y morales no serían precisamente los más límpidos…

Cuestionamiento constructivo basado en empiria
Es necesario entender que tanto la tradición como las autoridades y sus consejos o saberes pueden ser cuestionables bajo ciertos contextos. No hablo, desde ya, de un cuestionamiento infantil, rebelde sin causa, basado en el resentimiento o carente de evidencia. Todo ello solo lleva a nefastos resultados tanto a nivel social como individual. Me refiero a la necesidad de un cuestionamiento basado en la revisión empírica de los hechos hasta entonces transmitidos a fin de revalidar su vigencia, o no, en pos de una mejor adaptación de la especie dentro de su entorno.
Por lo tanto, si ciertas “autoridades” o “eminencias” del momento, por más filantrópicos que se los maquille, demostraran ser inoperantes o, en el peor de los casos, totalmente faltos de ética y moral, es lícito entonces como mínimo cuestionar sus exigencias o sugerencias. Esto implica para nosotros que el recurso de “cita de autoridad”, tan extendido sobre todo hoy en día (2021), perdería cierta validez cuando a ellos refiriera la fuente. Hasta aquí probablemente la mayoría coincida.

Memoria e Incertidumbre
Sin embargo, aquí es donde tristemente incide una misteriosa amnesia generalizada en la población.
Dicha falta de memoria, producto ya sea de la pereza mental o de la propia incapacidad para superar nuestra confusión o miedo (pasando así a ver y admitir nuestros errores, baches e incertidumbres), nos lleva a tropezar dos veces con la misma piedra. Es esencial superar este punto para luego actuar consecuentemente de acuerdo a nuestro saber. ¿O acaso alguien normal dejaría voluntariamente entrar dos veces al mismo ladrón a su hogar?
Es así que resulta esencial perder el miedo para atreverse a ver nuestros propios baches, vacíos y posibles errores, tanto en uno mismo como en nuestra sociedad. Es clave poder reconocerlos dejando de lado el propio orgullo (individual y/o social) para pasar a dejarle lugar a la verdad.
Y si llegar a “la verdad” fuera una empresa demasiado pretenciosa para nuestra mera condición humana, al menos podremos aspirar a descartar lo que “no es”, alcanzando así una digna noción de incertidumbre en cuanto a lo que “podría ser”. La incertidumbre no implica la falta completa de certezas, sino que las mismas pueden existir aunque no en un grado absoluto y definitorio, sino ordenadas cada una de acuerdo a un determinado margen de posible veracidad que les hayamos asignado de acuerdo siempre a nuestras indagaciones. Se descartan ciertas hipótesis que han sido refutadas por la contrastación empírica, y esto nos lleva a inclinarnos así por otras con mayores posibilidades de acertar. De este modo, admitir un cierto grado de incertidumbre es, por mucho, más valorable y franco que simular una inexistente o muy cuestionable certeza.

Gonzalo Calabrese

Gonzalo Calabrese, licenciado en psicología.

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