2022
Josep Renau

Deconstrucción de la izquierda posmoderna – Extracto

por Adriano Erriguel

Los auténticos herederos de mayo 1968

Mayo de 1968 es un hito central en la configuración de nuestro mundo. Una efeméride que suele celebrarse como el umbral de una nueva era: la del individuo liberado y plenamente emancipado. Una gesta progresista asociada al patrimonio sentimental y moral de la izquierda. Pero para ser exactos es el neoliberalismo – más que la izquierda como tal – el auténtico heredero de mayo 1968.

El neoliberalismo se sitúa en la zona de confort de la historia. Por una parte, ostenta la actitud subversiva, inconformista y rebelde que es típica de los intelectuales. Pero por otra parte, su rebeldía opera en beneficio de los intereses dominantes. Por un lado, suministra la ilusión de estar a favor de la historia, de ser el portavoz de un futuro que llegará de todas formas. Pero por otro lado adopta un aire agónico, como si estuviera en dolorosa pugna con las fuerzas oscuras del pasado. En definitiva: oropel de la transgresión más confort de la dominación. “Los partidarios del neoliberalismo – escribe el politólogo mejicano Fernando Escalante – se sienten desde siempre, pase lo que pase, rebeldes (…) es imposible leer a Hayek y no sentir en algún momento que es el último hombre libre en el mundo de pesadilla de Orwell o Huxley. Su obra, como la de Popper, Becker y Buchanam, está escrita contra el establishment. Los partidarios del neoliberalismo siempre pueden presentarse como rebeldes, iconoclastas, marginales, defensores de la libertad contra el orden burocrático establecido. Y por eso son verdaderamente herederos del espíritu de la protesta de los años sesenta”.

La idea neoliberal básica sobre la libertad y la emancipación es, en el fondo, bastante sencilla: “todos somos empresarios, o todos seríamos empresarios si no estuviésemos oprimidos por un Estado que nos lo impide”.[1]

Como veremos, entre el hombre–empresario del neoliberalismo y el individuo “empoderado” de la izquierda posmoderna, hay una línea muy delgada.

 

El hombre como startup

Contrariamente a los estereotipos de la extrema izquierda, el neoliberalismo no se reduce a un ultra–capitalismo sin frenos, ni a una maquinación de financieros sin escrúpulos, ni un desmantelamiento de los servicios públicos. El neoliberalismo tiene algo de todo eso, pero desde luego no está ahí su esencia. No se trata tampoco de una ideología represiva y retrógrada (como de forma rutinaria afirma la izquierda). Más bien lo contrario: el neoliberalismo es revolucionario, emancipador y libertino, y son precisamente los poderes públicos – los poderes del Estado– los que empujan hacia esta “liberación”. Si dentro del neoliberalismo hay represión, es la que el sujeto se impone de forma autónoma. Si hay explotación, es la que el individuo ejerce sobre sobre su propia vida.

El neoliberalismo es ante todo una cosmovisión, una forma de ser y de estar en el mundo. El neoliberalismo va un paso más allá del homo oeconomicus del marxismo o del capitalismo. El prototipo del neoliberalismo es el hombre–empresario; o más exactamente: el hombre empresario de sí mismo. “¡Todo ser humano lleva un empresario en su alma!” cantan los rapsodas del neoliberalismo. El neoliberalismo – señala el sociólogo francés Christian Laval – adopta siempre aires de evidencia, de conformidad a un movimiento natural de la sociedad, a una realidad a la cual gobernantes y gobernados deben adaptarse. Pero esta “realidad” (y aquí está la trampa del neoliberalismo) está “hecha de situaciones creadas, de reglas establecidas, de instituciones construidas que alientan las conductas”.[2] El neoliberalismo no es la “mano invisible” del liberalismo clásico, sino que es un voluntarismo y es un constructivismo. Es la mano bien visible del Estado que actúa – cuando así es requerido– para hacer la ingeniería social necesaria y adaptar la sociedad a los moldes neoliberales.

El neoliberalismo tiene un sueño: extender de forma ilimitada “un modelo de competitividad al que los sujetos deberán adaptarse funcionando como empresas, es decir, como unidades de capitalización privada. En esa tesitura el mercado ya no es un hecho o un medio natural, sino un espacio normativo que una política económica y legislativa permite advenir, mantener, corregir y extender”.[3] La extensión ilimitada del mercado: aquí reside el carácter emancipador y progresista del neoliberalismo. El hombre neoliberal se ve emplazado a reinventarse, a optimizarse, a adaptarse a las dinámicas del mercado, si lo que quiere es acceder al paraíso de las oportunidades. La precarización generalizada adopta así aires liberadores. Claro que todo ello requiere una condición previa: abolir todos los obstáculos que se interpongan a las relaciones mercantiles entre los individuos, incluyendo aquellos dominios hasta ahora regidos por arcaísmos éticos, religiosos, nacionales o culturales. Porque ya no hay pueblos, ni naciones, ni culturas, ni religiones, ni sexos. Mejor dicho: sí los hay, pero como “kits” identitarios de consumo particular, como realidades fluidas y maleables, como moda–fusión, simulacro y vintage. El “último hombre” de Nietzsche es una startup individual que piensa de forma global y se identifica por la fidelidad a sus marcas.

[1] Fernando Escalante Golzalbo, El neoliberalismo, Ediciones Colegio de México (edición Kindle).

[2] Christian Laval, Foucault, Bourdieu et la question néolibérale. Éditions la découverte 2018, p. 60.

[3] Christian Laval, Obra citada, p. 66.

Tomado de: https://elmanifiesto.com/tribuna/6117/deconstruccion-de-la-izquierda-posmoderna-iii.html

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