2021

La persistencia de Yukio Mishima

Traducido por Alejandro Linconao

Casi cuarenta años después de su muerte (2010), la persistencia de la fama de Yukio Mishima no muestra signos de decaer, ni siquiera en Italia:
Madame De Sade (1965), una de las obras con las que resucitó la técnica tradicional del teatro No, en esta temporada se la representó en el teatro Dehon de Bolonia con gran éxito durante dos semanas; la brillante adaptación de Piero Ferrarini adecua el escenario de la Revolución Francesa al de mayo del ‘68. Mientras tanto, continúa sin cesar la publicación de textos aún inéditos en nuestro país (que parecen no tener fin), y la reimpresión de sus libros ahora clásicos.

Mientras Mondatori ha lanzado la precioso obra inédita Vestido de noche, la editorial SE ha publicado recientemente, además de la correspondencia de décadas con el premio Nobel Yasunari Kawabata (“Kawabata – Mishima: Lettere”), la novela Espada de 1963, se estrenó una versión cinematográfica al año siguiente. En esta larga historia ambientada en el contexto de lo que quizás sea la más japonesa de las artes marciales, el kendo, la adhesión a los valores tradicionales de lealtad, rigor moral, la dedicación a una causa toma forma como un absoluto que excluye cualquier compromiso humano, hasta a la inevitable inmolación final.

Como la novela Patriotismo de 1961 (llevada por el mismo Mishima a película cuatro años después), Espada tiene todas las características del testamento espiritual en forma narrativa. Por eso, el volumen incluye también el testamento espiritual “oficial” (la Proclama, un manifiesto que el escritor quiso dejar para justificar su gesto y que leyó en voz alta a las tropas del cuartel donde se suicidó), y una serie de textos sobre martirio voluntario de Mishima: “Reflexiones sobre la muerte de Mishima” de Henry Miller (1972), “La ideología de la muerte loca” (Hashikawa Bunzò, 1970), “Detrás de tanta vivacidad una sensación de vacío” (Donald Keene, 1970), y un extracto del magistral ensayo “Mishima” de 1982 de Marguerite Yourcenar. El libro finaliza con una secuencia de hermosas fotografías en blanco y negro que inmortalizan al artista en su sublime narcisismo. En estos cuarenta años, escribir sobre el valor de Mishima y el suicidio simbólico parece haberse convertido en un género literario por derecho propio: además de los autores mencionados y varios biógrafos, lo hizo el maestro y amigo Yasunari Kawabata, el gran director Paul Schrader en 1984 hizo una película memorable, en Italia participaron Alberto Moravia (pero no entendía mucho) y Piero Buscaroli, que solo entendía el motivo político.

Pero, ¿por qué el seppuku de Mishima, en el que la ética heroica de un antiguo samurái coexiste individualmente con un esteticismo totalmente dandy, nos sigue fascinando tanto? Probablemente porque cuanto más se exaspera el proceso de modernización y decadencia (tanto en Japón como en Europa), más nos atrae ese mundo antiguo impregnado de belleza, honor, heroísmo que el escritor japonés ha evocado constantemente con sus obras, en su vida y especialmente su muerte. Una muerte impactante, anunciada obsesivamente, preparada con implacable meticulosidad y finalmente celebrada ante el mundo como un ritual espectacular y trágico. Su salida del escenario representó al mismo tiempo la apoteosis del personaje, condenado por un demonio inquieto a una vida perpetuamente desbordada, y la última palabra del escritor, el tema de una obra total en la que el culto a la juventud, el amor por la belleza y la muerte heroica aparecen entrelazados en un destino ineludible. El verdadero tradicionalista es un rebelde e iconoclasta, como bien señala Henry Miller en su escrito: “Los verdaderos pioneros no son iconoclastas; son ellos quienes salvaguardan la tradición, no quienes luchan por preservarla y al hacerlo nos asfixian. La tradición sólo puede expresarse realmente a través del espíritu de atrevimiento y desafío, no con conformidades externas y con el mantenimiento de las costumbres. Creo que fue en este sentido que Mishima pretendía revivir las costumbres de sus antepasados. Quería restaurar la dignidad, el respeto y la confianza en sí mismo. Camaradería auténtica, amor a la naturaleza y no a la eficiencia, amor a la patria y no al chauvinismo, el emperador como símbolo de liderazgo en oposición a un rebaño sin rostro y sin alma obediente a las ideologías cambiantes , cuyos valores son establecidos por los teóricos políticos “.

Sin embargo, en mi opinión, el ensayo de Marguerite Yourcenar sigue siendo el mejor sobre la muerte de Mishima: el más agudo y penetrante, el único que considera la importancia o más bien la centralidad de la “homosexualidad guerrera” en esta historia; incluso se podría identificar la develación de esa “función sagrada de la homosexualidad” de la que hablaba Pasolini en los últimos años de su vida. Dice Yourcenar: “Aproximadamente dos años antes del final, ocurre uno de esos eventos inesperados para Mishima que parecen ocurrir puntualmente tan pronto como la vida adquiere cierta precipitación y cierto ritmo. Hace su entrada un nuevo personaje, Morita, de veintiún años, provinciano educado en un colegio católico, guapo, un poco rechoncho, inflamado por la misma pasión lealista que arde en el que pronto llamará maestro (Sensei), término honorífico dado por estudiantes a sus instructores. Se ha dicho que, en Mishima, la inclinación hacia la aventura política ha crecido en proporción al entusiasmo del joven”.

Morita fue el último en unirse a la Sociedad del Escudo (la asociación paramilitar creada por Mishima) y en él quizás encontró al compañero y tal vez al fanático que siempre había buscado, o al menos al resuelto espartano con quien compartir el esplendor de la melancolía. De hecho, después de que el escritor se cortó el vientre, Morita debería haberle cortado la cabeza, pero no pudo, hubo un tercero que tuvo que acabar con los dos. En Colores Prohibidos (1951) y más adelante en la historia, Onnagata Mishima examinó el mundo de la homosexualidad moderna, destacando su vacío inconsistente, esteticismo frívolo. En su relación con Morita, en cambio, parecen revivir las historias de amor entre samuráis descritas en el siglo XVII por el gran monje / escritor Ihara Saikaku, o el loco amor del emperador Adriano por su amante narrado por la propia Yourcenar en las “Memorias de Adriano”. ¿O Alejandro Magno con su fiel Efisión como Oliver Stone le mostró hace unos años en “Alexander” – o, para ir más allá en la mitología antigua, el vínculo heroico entre Aquiles y Patroclo?

Como se aclara en varios escritos teóricos, según Mishima, el vínculo de camaradería también debe ser la base de la relación con la mujer y, por lo tanto, la base del matrimonio. Pero, como dijo durante el debate universitario con estudiantes comunistas (1968), había llegado a pensar que el amor mismo se había vuelto imposible en un mundo infiel. Comparó a los amantes con los dos ángulos básicos de un triángulo, y al emperador, a quien veneran, con la cima: es la concepción de un sustrato de trascendencia necesario para el amor. Con su lealtad incondicional, Morita respondió a esa necesidad.

Einaudi ha reeditado recientemente “Una Virtue vacillante”, novela estrenada por entregas en 1957, que tuvo tanto éxito que en el mismo año se realizó una adaptación cinematográfica. Aquí Mishima, desde su punto de vista privilegiado como bisexual, analiza el alma femenina con la precisión de un entomólogo. La protagonista de la novela es la sensual Setsuko, una joven de la clase media alta de Tokio que, atrapada en un matrimonio de conveniencia, se rebela contra todas las formas de moralidad y se abandona en los brazos de una amiga encantadora. El autor describe magistralmente el conflicto que atormenta a la joven y bella Setsuko entre instinto y ética, entre sentimiento y racionalidad, el misterioso e indomable anhelo de un amor abrumador, total, eterno hasta el descubrimiento de la verdad ineludible: el amante es similar a su esposo y a la mayoría de los hombres, estructuralmente incapaz de corresponder al absoluto del amor femenino. Esta conciencia la conducirá a la catarsis final de la renuncia ascética. Setsuko en un momento también explica por qué no puede haber un dandy o una esteta femenina: “¡Qué profunda es la soledad masculina a veces! Lo femenino es diferente. Incluso la soledad de una anciana es más carnal y codiciosa. Aunque está sola, una mujer no puede vivir en un mundo ideal, porque le es imposible renunciar a su feminidad. Si, por el contrario, un hombre se eleva al alto dominio del espíritu, deja de ser una criatura terrestre”.

Sin embargo, esta cautivadora historia de amor está impregnada de una atmósfera de fatua decadencia, los elegantes personajes siempre se mueven por cálculos siniestros y mezquinos y explican muy bien a qué se refería Mishima cuando hablaba del amor que se ha vuelto imposible en un mundo desprovisto de fe.

Los amores burgueses de “una virtud vacilante” se contrastan con el amor profundo entre marido y mujer narrado en el cuento “Patriotismo”, ofrecido al público como ejemplar por Mishima: profundo porque tiene sus raíces en el sacrificio común y la camaradería, en la devoción superior al emperador, en el papel sagrado de la mujer como guardiana de la tradición. Todo lo que ya no podía existir, si no como supervivencia, en Japón en 1970, mucho menos en Japón hoy.

Fuente: Arianna Editrice

 

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